La fiesta de la transformación

Su Juguete XVIII
(Después de Tarde de visitas)

Tenía la lengua seca y los botines de Maite brillaban en el momento de la aparición de mi dueña con el sonido inconfundible de sus sencillas chanclas. Sus pasos tras mía y su voz ofreciendo más hospitalidad a sus amigas. Me di la vuelta y besé su empeine tan pronto pude. Ella me ignoraba y se dejó caer en el sillón libre…
¨No han tocado el timbre nadie más?¨ Preguntó mi diosa cruzando sus lisas piernas frente a mi molesto morro buscando sus pies.
Las amigas respondieron negando. Una chispa de vino se notaba en cada pares de ojos de Maite y Masha. Marina miró su reloj tan puntual cuando sonó el timbre. Tan rápido atendió el megáfono, miré desconsolado sus nalgas bajo la tela vaquera negra de unos muy cortos pantalones. La camisa de tira bien ajustada apenas le cubría el tatuaje de su espalda cintura. Y no, no era Minerva… Era el Telepizza. Tan rápido lo oí, tan rápido salí del salón al darme cuenta.
Esperé en el baño sin que ninguna me reclamara por suerte. Esperé allí todo el proceso… Saludos, el cambio, … Y hasta que por fin cerró la puerta, salí gateando hasta mi dueña. El molesto hocico ya estaba a sus pies.
Marina dejó las pizzas sobre la mesa y el ser desnudo seguía besando sus talones. Tan instintivo y sin honor a la dignidad. Ella me ignoraba tanto como sus amigas, tan solo era algo molesto, pero también le divertía mi desespero. Tenerme tras ella de forma tan física como en lo sentimental la llenaba de satisfacción. Era y es costumbre vernos así. Y más ahora!, que ya no tenía el estado cohibido de cuando vivía con nosotros su ex-pareja.
Pronto estaban todas sentadas y mis paseos eran una ¨L¨ bordeando la mesita central. Besos en unas sandalias de Masha, besos y lengua a los botines más que brillantes de Maite, y besos y gemidos en el empeine y tiras de las chanclas de mi dueña. Pero nada mas para mi que las migas que dejaban caer. Las conversaciones de chicas anularon mi existencia y por lo tanto cada vez caían menos migas al suelo. Y no era grave ya que mantenía mi excitación buscando bajos sus pies. Sabía que Maite era más atrevida, y con toda mi intención le daba la espalda con la excusa de lamer la chancla tirada al suelo de Marina. Mi plan era ofrecerle la visión de mis bajos cayendo a la gravedad bajo mis nalgas en movimiento insinuante. Esto siempre la divertía, y tenía la esperanza de que me tocaría allí, apretara, o al menos una nalgada… Pero nada!
Entonces sonó el timbre!
Seguí a mi ama de hocico a las pantorrillas hasta la puerta,. Allí descolgó el telefonillo del portal y preguntó… “Minerva!” repitió la respuesta tras la voz del aparato.
La puerta la dejó semi abierta y se fue a la cocina a por algo. No sabía si seguirla o esperar el sonido del ascensor. Dudé la verdad, pero al final quedé cerca de la puerta. Maite y Masha me ignoraba a si que…, esperé la llegada de mi maestra de mi mundo reducido a la de un animal. La reina de aquel club en la que estuve cautivo. El territorio al que llama rehabilitación para hombres que no conocen su lugar.
Sus botas, el brillo del metal de tacones altos, las hebillas, el negro cuero, y la cremallera a la luz que proyectaba la ventana del rellano fueron tal encandilamiento, que caí barbilla al suelo con los ojos llorosos de una mezcla de emoción y miedo. Tan solo la patada de las chanclas de Marina al volver de la cocina, me despertaron de la hipnosis. Abrí más mis ojos y gateé a por esa botas que entraban al interior de los dominios de Marina.
“Que guapa!” Decía Marina mientras se besaban las mejillas.
De miedo besé las puntas de las botas de una Minerva en cueros. Sus pantalones negros y bien ajustados también lo eran. Tan solo un material de algodón de una blusa blanca asomaba bajo el corte de su chaqueta de motera también de cuero. Estaba hermosa con la cascada de tratados rizos negros. Me gustaba mas que el lacio de cuando la conocí. Su pelo suelto tenía mas volumen y parecía coronada como una diosa…, o no se, quizás la reina bruja.
Solo las punteras, un beso en cada puntera, más que eso no me atrevía hasta que me nombró… “Que tal con tu juguete convertido en perro?”. Preguntó la diosa bruja inclinándose para alborotar mi cabello en la coronilla.
Jadeé y saqué mi lengua recogiendo mis patas delanteras a mi pecho. De repente me sentía más animalizado que antes recordando todos los protocolos del club. Protocolos que me saltaba de vez en cuando con Marina por falta de su interés. Estos comportamiento se habían diluido por una estado más sencillo que las que me exigía el club por su conformidad. Sin embargo al ver a Minerva, mi mente era una máquina que imprimía automáticamente mis movimientos.
Tras ella había una silueta oscura. Por instante perdí mi esfuerzo a la disciplina al ver como esa silueta masculina esperaba en la sombra del rellano sin luz.
“Te has traído a uno de tus machos?” Preguntó mi ama con un tono de dudosa aprobación.
Minerva dejó mi cabello y su mano hizo señas a un espacio del suelo a su lado. La silueta caminó hasta entrar a la casa y se arrodilló en el lugar señalado.
“Este es nuevo… Cuántos ya, Minerva?” Entre risas dijo Maite que se levantó de los sillones pare ver al sujeto. La siguió Masha que no cabía de su asombro al ver semejante ejemplar. Entonces me vino los celos por las atenciones desviada al nuevo subyugado que se arrodilló delante de mi decepción.
El macho que esperaba de rodillas tenía el corte y el largo de su cabello como una cleopatra. Un tejido negro de lana elástica le cubría desde bajo sus pechos hasta medio muslos. Era un vestido de una sola pieza bien ajustado a su cuerpo para cubrir su desnudez del delito de escándalo público y la exhibición. Frente mía sus pezones brillaban del oro de los piercing como dos esferas de tamaño considerable. Asombrado quedé de lo aparentemente tortuoso que debe ser soportar su peso. Sus ojos miraban el suelo sin ninguna expresión. Era como un ser sin vida que siendo varón, se mostraba como sin definir. Era más femenino quizás, aunque como tal horrible para mi gusto.
“Puedes subirte el vestido, putita!” Le ordenó Minerva.
La putita de Minerva sacó sus manos de la espalda y tomando el relieve de los muslos, se subió la apretada prenda hasta su cintura.
Las risas ocuparon el espacio del salón cuando vimos un pene arrugado como podía en los anillos metálicos de un dispositivo de castidad. La piel le sobresalía en los espacios que dejaba cada anillo. No cabía en su jaula. Y todo eso sobre unos testículos enormes. Eran cómo dos bolsas rojas sobre sus muslos. Pero lo que más me sorprendió fue ver un hilo de baba seminal colgando de su glande castigado por la estrechez.
“Putita, saluda a mis amigas!”
Putita arrastró sus rodillas y primero fue hasta Maite. Bajó su cabeza y besó los pares de botines. Luego a Masha a sus sandalias justo por la tira de cuero. Y terminó con los empeines en chanclas de mi dueña.
El vestido ya era más bien como un corpiño en su cintura, y pude ver cuando su culo quedaba en alza al besar los pies de Marina, como de su ano había una joya morada que supuse pronto que llevaba un plug anal de tamaño desconocido. Y sentí por cada beso a sus divinos pies una ola fría que me ahogaba.
“Te tengo un regalo para tu mascota humana “
“Y Eso?”
“Bueno, es más de lo te había prometido, pude sacar más cosas del club. Estamos ampliando terreno, y ahora tenemos unas reformas para los establos de animalización. Les va encantar cuando lo vean. Espero verlas a todas en la inauguración!”
Mientras Minerva explicaba el nuevo proyecto descolgó una mochila de la espalda de su putita. Este era inmóvil y de rodillas mirando el suelo. Yo en mi curiosidad por el contenido de esa mochila esperé tras las piernas de mi dueña.
Minerva con la invitación de Marina se sentó en el sillón más pequeño y abrió la mochila sobre su regazo. Su putita rastreó sus rodillas ha colocarse a su lado izquierdo. El resto de las chicas se sentaron en el sillón principal dejando que mi dueña se pudiera sentar sólo en el brazo del sillón con ellas. Yo hice lo mismo que putita y me coloqué de codos y rodillas cerca de las piernas de mi dueña.
Lo primero que sacó de la mochila fue una máscara de látex con las formas del rostro del perro. Todo era látex negro con sus orejas puntiagudas y el hocico con abertura abierta para la boca. Marina se las quitó de las manos fascinada. Sabía lo que era y lo esperaba, pero Minerva le había conseguido más cosas del club y se reservaba la sorpresa para el final.
Mientras sacaba los puños de cachorro miraba a Masha, Maite y a mi dueña muy ilusionadas. Entonces comprendí lo mucho que mi situación con Marina y la orientación de Minerva a este estilo de vida habían cambiado sus perspectivas. Ya no había ese tabú inicial de incomprensión por mi devoción por Marina. Sus amigas entendían mi entrega sin compartirlo del todo, pero si comprendían nuestra felicidad. Marina que sin sentir amor por mi me tenía para ella, y yo que la amaba con todo me sentía útil y seguro a su lado. Eran distintos sentimientos del cual mi dueña sólo reconocía un cariño especial, pero amor… Eso era más complejo. Amor sintió por su última pareja hasta que se fue. Y a diferencia que Minerva, ella separaba los hombres libres de mi condición con distintos sentimientos. Que a pesar de tenerme con ella, no dejaba de experimentar varios sentimientos con cualquier hombre. Con migo, poco ha cambiado. Cada vez ignora mas mis sentimientos. Tan sólo me exige atención para ella. Mascota en casa que la divierte y limpia sus suelos a diario. Sexo condicionado y usado como consuelo. Ni siquiera me acerco al éxtasis que siente por el hombre libre. Esto ha limitado mis posibilidades. Mi lengua es lo único que toca el cielo de su sexo, y la pena compasiva por mi buen comportamiento es un orgasmo ganado de mi sexo en sus piernas. Que ya no tanto como antes. Cuando su ex vivía con ella, mi orgasmo era la de un aparato vibrante atado con coleteros en mi pene y apuntando a un tazón de plástico. Orgasmos ruinosos con el consuelo de dejarme besar sus pies mientras miraba la televisión con su hombre libre. Humillante y dulce al mismo tiempo, no lo puedo negar.
Luego sacó un nuevo collar. Más ancho que el que me regaló mi dueña en el compromiso inicial. El aro que llevo desde aquella frase… “O entras por el aro o sales de mi vida”. Y desde entonces aún lo llevo con orgullo.
El collar era cuero y adornos metálicos de huesos y huellas de perros en plata. A Marina le encantó. Pero antes de terminar de expresar su fascinación, Minerva sacó más prendas de látex, puños y unas extrañas rodilleras. Los puso sobre la mesa de golpe, y fue allí donde sorprendió a mi dueña…
“Con esto podrás sacarlo a la calle!”.
Continuará….

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