Nuevo Día

Me arrodillé desnudo frente a su silla favorita. Mis manos se doblaron en mi regazo y mis ojos contemplaron un punto a quince centímetros por delante de mis rodillas. Esperando… No podría decir cuánto tiempo estuve allí sentado, ¿una hora?, ¿dos? No importaba… Esperaría hasta que me llamaran. Oí los sonidos reveladores de su movimiento…